lunes, 9 de marzo de 2009

SIN TITULO (CAP.5)


Obviamente mi amanecer fue de mala gana. Yo soñando tonterías. Ese día todo el equipo de Electric nos reuniríamos en la oficina. Había una montaña de trabajo por planificar. Me esforcé por no llegar impuntual. No quería dar paso a ningún comentario.

Al llegar a la sala de reuniones me encontré para mi pesar con Javier y Lucía su asistente, agradecía la existencia de esta última en ese momento. La escena era patética al menos para mí. Lucía lo miraba embobada, ella era una especie de Geisha. Incluso era la encargada de comprar los regalos para la madre de Javier, esos eran los comentarios que rondaban en la oficina. Para mi asombro Javier no tenía esa postura petulante delante de ella, al contrario era muy amable. Tenían que ser amantes, no tenía otra teoría frente a la escena.

- ¡Hola Lucía!…Javier
- ¡Hola!- respondieron a coro. Un coro desequilibrado por el desgano de Javier.

Rogaba porque Lucía no desapareciera. Sin embargo no existieron santos que atendieran mi suplica. Me sentí incomoda. Debo reconocer que la incomodidad se acrecentaba cada vez que se venían a mi mente flashes del sueño de la noche anterior.

Él permanecía con la frialdad de siempre, el estaba “como siempre”. De vez en cuando preguntaba cifras. Ni siquiera me miraba estaba absorto frente a la pantalla de su computador. Me odiaba al darme cuenta de que yo era la única que seguía pegada con el asunto de nuestra pelea. Eso sólo me ratificaba que yo no era nadie para él

La reunión duro casi dos horas. La situación se veía complicada, llegando asemejarse a una novela. Nos enteramos que el Gerente Corporativo no era culpable del todo, todas las pruebas de momento caían el él pero no había nada confirmado. Así que no fue despedido había renunciado. Lo dramático y novelesco era que no sólo era un empleado más de Electric, sino también era el novio de la hija del dueño. Esta situación golpeaba en todos los sentidos, el bolsillo y el corazón.

Sentí pena por la mujer. La mala suerte que la acompañaba por haberse enamorado de un oportunista. Luego me di cuenta que una vez más yo no apostaba por el amor. No había pruebas contra Carlos pero yo ya lo sentenciaba a muerte. Me di cuenta de que en mis casi treinta no me había acercado a un noviazgo, y que mi postura frente al amor era bastante incrédula. No podía dejar que mi postura frente a las relaciones y los hombres pudiera influir en mi trabajo y el resultado de este. Nuestra revisión y resultado iba a repercutir no sólo económicamente, sino también en la vida de Carlos y la hija del dueño, Adele.


Continuará….

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